LA PANDEMIA DE LA EDUCACIÓN EN LA CRISIS DE LA PANDEMIA

La pandemia del discurso neoliberal en educación no logra reconocer que la situación que estamos viviendo es un gran momento de aprendizaje. Se trata de un evento único para aprender acerca de la salud y de la vida, de la colaboración y de la ayuda mutua. Si es de suponer que la educación nos prepara para la vida, para lo que viene, para lo inesperado, no es posible que cuando aquello ocurre, cuando se presenta justo frente a nosotros, tal como ocurre hoy en día, nos aferremos a la idea de que lo más relevante es seguir “estudiando”, en lugar de vivir, sentir, dialogar, de encontrar antiguos y nuevos sentidos para nuestras vidas. ¿Qué es lo que más acertadamente deberíamos hacer para que esta experiencia que estamos viviendo se transforme en un nuevo comienzo para construir una auténtica educación? El antídoto contra esta pandemia neoliberal en educación es precisamente recuperar el sentido subversivo que nació en Chile el 18 de Octubre, para reorientar nuestra educación hacia una vida que pensamos y hacemos auténticamente en comunidad.

Nada mejor que una pandemia para enrostrarnos el verdadero nivel de profundidad de nuestra mala educación afiebrada con el rendimiento, el control y la sanción. Una nueva pandemia está atacando al sistema educativo -como siempre más a unos que a otros- dentro de la crisis por la pandemia sanitaria que acarrea el COVID-19. Como un verdadero virus está siendo atacado por lo que llaman educación virtual, educación en línea, cyber educación, tele-educación.
La tozuda insistencia de intentar trasladar el proceso educativo al espacio virtual – así sin más- cobra relevancia en momentos de crisis como la que estamos viviendo, porque se funda en una concepción limitada de la educación que se ha venido forjando en nuestro país durante décadas. Esta comprensión limitada de lo educativo se sustenta en el modelo de estandarización y rendición de cuentas que nos gobierna: miles de niños, jóvenes y adultos regidos por una idea educacional que nos obliga a ciertos tipos de aprendizajes y rutinas escolares, las necesarias para demostrar el cumplimiento de determinadas metas orientadas por el ideal del crecimiento económico.
Mucho acerca de este tema se ha discutido en los últimos años, pero esto parece no ser nada al lado de lo que adviene hoy en tiempos de crisis: de la crisis social iniciada hace ya 5 meses y de la crisis pandémica iniciada hace tan sólo semanas. El neoliberalismo educativo y pedagógico parece querer aprovechar esta crisis como una oportunidad. ¡Y vaya que lo está haciendo! La educación virtual, en red, entre nodos, entre cámaras y pantallas, parece que llegó para quedarse: Business as usual. Son los tiempos mejores.

La nueva gran idea del Mineduc de Sebastián Piñera es el tele-aprender y el tele-enseñar.
Esta innovadora forma de tele-disciplinar, ahora por la vía del tele-trabajo, arremete como una oportunidad más para seguir colonizando la experiencia educativa -con la mascarada de los más nobles valores- desde las lógicas del rendimiento en línea, la cyber-eficiencia y la robotización del trabajo pedagógico. Restringir la experiencia educativa a completar guías, leer libros, presenciar clases en línea, remite a la vieja vinculación patológica entre poder y educación que creíamos aprendida, pero que vuelve hoy en toda su magnitud, disfrazada de buenas intenciones antipandémicas.
En esta lógica de vigilancia contínua de la experiencia educativa, los niños, niñas y jóvenes deben rendir cuenta a sus familias por las tareas realizadas justificando sus méritos; las familias deben justificar su compromiso con el proceso educativo rindiendo cuentas a los profesores que les han encomendado dichas tareas; los profesores, por su parte, deben rendir cuentas del trabajo realizado a los equipos de gestión de los establecimientos educativos, justificando así el pago de sus sueldos; y los equipos de gestión de los establecimientos educativos deben rendir cuentas al Mineduc de Piñera -o a las mismas familias- de las medidas adoptadas, para justificar el uso de los recursos. Todo lo anterior en un círculo vicioso e ininterrumpido de acciones orientadas a evitar el castigo, que terminan por ubicar al aprendizaje en el último lugar de las prioridades.
El discurso en el que el Mineduc ha insistido en estos días sobre la educación en línea como medio para garantizar el derecho a la educación son sólo palabras de buenas intenciones. No sólo es un discurso cuestionable en términos educativos, sino que además encubre el hecho de que en nuestro país la educación virtual no es accesible a todos. Cuando decidimos realizar actividades en línea un grupo importante de estudiantes queda excluido. Quienes no tienen posibilidad de acceder a un computador o a una conexión de internet de alta calidad; quienes -y especialmente las mujeres- deben cuidar de otros o realizar las tareas del hogar; y quienes en situaciones de crisis deben dejar de lado los estudios para conseguir los recursos que les permiten pagar los gastos básicos de la vida o esos mismos estudios.
La pandemia del discurso neoliberal en educación no logra reconocer que la situación que estamos viviendo es un gran momento de aprendizaje. Se trata de un evento único para aprender acerca de la salud y de la vida, de la colaboración y de la ayuda mutua. Si es de suponer que la educación nos prepara para la vida, para lo que viene, para lo inesperado, no es posible que cuando aquello ocurre, cuando se presenta justo frente a nosotros, tal como ocurre hoy en día, nos aferremos a la idea de que lo más relevante es seguir “estudiando”, en lugar de vivir, sentir, dialogar, de encontrar antiguos y nuevos sentidos para nuestras vidas.
Nunca está de más recordar lo que la verdadera educación es, digámoslo así: el filósofo Martin Buber advertía que en una auténtica relación educativa los estudiantes no hacen lo que hacen simplemente por el deber de cumplir con una tarea, como si repitiesen algo automáticamente; pero tampoco se trata -y es lo que queremos enfatizar- de una actividad en la que el profesor diseña un resultado que podría conocer o predecir de antemano. Una auténtica relación educativa no constituye nunca una relación entre cosas, entre objetos o entre roles institucionalizados. Sino más bien, es aquella en la que la clase se desarrolla, habitualmente para estudiantes y profesores, como una relación inesperada, abierta, emergente, con “múltiples sorpresas”. Así es también una conversación sincera o un abrazo verdadero y no de pura formalidad, es una relación en la que “lo esencial no ocurre ni en uno y otro de los participantes ni tampoco en un mundo neutral”, es siempre algo que sucede “entre” los dos, algo único.
¿Qué es lo que más acertadamente deberíamos hacer para que esta experiencia que estamos viviendo se transforme en un nuevo comienzo para construir una auténtica educación? El antídoto contra esta pandemia neoliberal en educación es precisamente recuperar el sentido subversivo que nació en Chile el 18 de Octubre, para reorientar nuestra educación hacia una vida que pensamos y hacemos auténticamente en comunidad.

Fuente: elmostrador.cl

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